jueves, 29 de junio de 2023

el pintor de mis sueños


Conocí hace tiempo a un artista que pintaba murales. Obras que creaba con colores terrosos, toda esa gama que hace sentir al espectador una sensación de estar admirando una caverna o un cuadro viejo. Y eso era en realidad lo que había captado mi atención:
Sus obras eran sacadas de mis pesadillas: una figura cíclopea con una inclinación extraña, la figura a medio centro de la obra y mostrando una intención natural, como si en ese momento hubiese habido un temblor y la cámara que lo enfocaba estuviera en otro ángulo.
De fondo ponía fuego o personajes indistinguibles, mayormente figuras pequeñas como si ese fuese el infierno y representación del mismo.
Después de esa obra tenía otras de colores más oscuros, como sacados de una cárcel de más de 200 años donde murieron los reos y generaciones de maldad se habían podrido en ese sitio que en realidad casi olía a humedad y a una madera podrida por el uso continuo.
La obra no era más que un abstracto pero asemejaba a un muro, supongo que inconscientemente me transmitía dolor y yo estaba en plena obsesión por descubrir mis traumas.
Tenía otras obras que hacía en papel muy texturizado, casi viejo, casi maltratado, casi arrebatado a algún gran artista que había terminado muerto y sus cosas habían sido tiradas a la basura por su casero.
Las líneas que dibujaba no eran bellas sino hechas con dificultad y remarcadas hasta ahí mismo como si hubiese aprendido a saber que era lo que buscaba al dibujar, la última línea era fuerte y rápida, transmitía un paso por la vida llena de penurias, tal vez dibujaba a un hombre sufriendo pero con cabeza monstruosa y rostro indistinguible, así que ese artista podría bie haber dibujado mi vida.
Tenía obras murales donde había muchos rojos, naranjas, grises y obscuros. ¿Estaría yo frente a un alma que captaba el sufrimiento en su estado bruto?
Ese artista era una antena, un canal del sufrimiento de un humano moderno y ese ser era un cavernícola que no entendía ni escuchaba mi sabia el porque existía.
Por primera vez estaba asistiendo a la capilla sixtina del fin del mundo contemporáneo: un confuso acertijo de calamidades humanas que se admira de lejos y transmite podredumbre.
Pintaba murales en las catedrales del mundo no importando lo famosas u olvidadas que eran: se lograba escuchar a las mujeres llorando desde afuera del recinto por la razón de observar semejantes obras que arrancaban el dolor del alma a los dolientes.
Los funerales eran tan obscuros como nunca antes hubo ya que no había luz en esos rituales esperanzadores, en cambio si reflejaba el olvido, el desprecio, el desperdicio y la ignorancia mostrando muros enormes y figuras gigantescas como la de una mujer roda cubierta de negros harapos y con una mano colosal cadaverica que tenía el tamaño de los asistentes.
Nunca antes había visto algo así el mundo, nunca antes expresar el dolor había aliviado y enviado a descarnarse a un alma que lo que requería era el olvido sin justificar ninguna esperanza.
Era un lugar tan honesto, es decir: ¿para que buscar la esperanza donde no la hay? ¿Acaso los dioses nos habían hecho para sufrir? No.
Nosotros yaciamos en este valle de obscuridad como los mejores perros de caza: un poco de fortaleza y unos buenos colmillos para desgarrar la carne eran suficiente para ser los juguetes, los guardianes de la entrada de un laberinto obscuro del que no se sale.
Me ponía a pensar que esas obras de arte me hacían ver mi realidad: yo era un perro de varias cabezas, tal vez de miles en la puerta de un gigante que estaba a punto de entrar y yo lo único que no podía era dormir.
Me desperté pensando que lo había soñado pero estoy aquí, buscando a ese artista todos los días, tal vez ese espejo que siempre acompaña a los seres humanos para que no sientan tanta soledad transmute y transmita hacia un nuevo canal en otra constelación un mensaje de empata hacia seres indescriptibles y sacados del éxito de la resurrección de un ser proveniente de un universo donde la carne es un alimento muy deseable y de satisfacción sexual para los que duermen desde hace miriadas.

El pintor de mis sueños
Victor Alcázar

 

jueves, 15 de junio de 2023

hospital civil

La última vez que me tocó cuidar a mi mamá en el hospital civil que fue el año pasado por ahí de octubre, noviembre me tocó ver como amontonaban los cuerpos en la entrada del pasillo y aunque es muy amplio, a veces salía a descansar de estar semanas ahí y me sentaba a un lado de las bolsas negras con los cadáveres.

Me ponía a pensar¿ Donde estarán los familiares de estas personas? 

Y tras de un rato de estar ahí sentado a un lado de los cadáveres me despedía de ellos mentalmente y me volvía a meter a donde estaba la sala donde estaba mi mamá: ahí había un par de cuartos muy lujosos y adentro personas muriendo, me toco ver como los entubaban entre varios médicos y enfermeros y a uno de ellos, un señor muy anciano les decía...déjenme morir así, no quiero que me pongan nada y ellos le decían que se relajará que no iba a ser muy doloroso.
Duraron varias horas para entubarlo, porque el señor vomitaba cuando le metían el tubo... yo como todos los de ahí dormía en el piso y llega a ser algo normal ahí..nada de cuidarse que ahí es un lugar con enfermos, no... ahí era de aceptar que tal vez entran y lo más seguro es que no salen.

Por supuesto que yo no tenia ni un solo peso , ya me había gastado mis ahorros, había vendido mis cosas y pedido varios préstamos y bueno..¿que hay más allá de eso?
Pues nada..no podía exceder más de eso porque estaba esperando que mi mamá se agravará y muriera.
Pero bueno..tenia que enterrarla yo pero no quería pensar en eso, yo estaba muy cansado de estar ahí. Yo por la noche salía a comer lo que en la calle la gente me regalaba y que gracias a ellos la gente que estábamos adentro podíamos vivir.

Me tocó conocer varias gentes de ajijic que llegaron con sus enfermos y desafortunadamente todos murieron.
Yo con gusto les había ofrecido llevarlos de vuelta a ajijic si pagaban la gasolina y así lo hice varias veces.

Uno no sabe hacia a donde lo lleva la vida a veces.
Un día me detuve en una tienda a ver los churritos que vendían porque me imaginaba que me los comía.
Y en eso escuche una voz de una mujer que me dijo: ¿ Quieres unos? Yo te los compro...y voltee y en el piso estaba una mujer que hacía días había llegado al hospital con su marido enfermo y esperaba que lo dieran de alta...le dije..hola! ¿Como esta?
Y mientras platicaba con ella llego su hija corriendo y le dijo: mamá, los doctores te quieren ver..mi papa ya murió..ven por favor...ni siquiera me despedí de ella..entendiendo que en esos momentos lo que uno cree que es importante es lo que menos importa.

Yo no tenia dinero pero tampoco tenia vida normal.
¿O tal vez eso es lo normal y en realidad no me había dado cuenta?

La normalidad
Víctor Alcázar

miércoles, 14 de junio de 2023

recuerdos de Guadalajara

Recuerdo que cuando era niño, me subía al transporte público con mis padres, a veces se subían personas a cantar y otras veces a vender dulces o algún alimento.
Casi siempre me encontraba con una mujer que se subía a cantar , la señora tenía edad avanzada pero aún era ágil para trepar las escaleras del autobús, pedía permiso al conductor para cantar y después de recibir una sonrisa en un ambiente en el interior del camión donde todo mundo veníamos observando la escena, ella empezaba a cantar una canción que originalmente con instrumentos es de ritmo alegre, pero la letra habla de tristeza y de situaciones dolorosas de la vida.
Tras cantar un rato , empezaba a imaginar que la escena era agridulce porque la señora no tenia ninguna experiencia musical, más bien gritaba y siendo poco melodiosa su voz , observando su cuerpo cansado , y su rostro inexpresivo junto a esas canas me hacían imaginar que el ángel de la muerte me estaba visitando antes de morir.

Siempre imagine que esa mujer en realidad me cantaba a mi porque en ese viaje yo ya no volvería a mi casa y seguramente ni cuenta me daria: tal vez yo ya estaba muerto junto a todos los que viajábamos en el transporte.

La gente le daba algunas monedas al final de su única canción pero a mi a esas alturas ya me había adormecido con esa canción de muerte: ella pasaba a un lado mío sin decir nada y yo detenía unos momentos mi respiración porque sabía que ese rostro avejentado era en realidad una máscara de muerte.

Mi vida parecía brillante después que la señora bajaba y se alejaba, no me sentía tan agradecido por estar vivo, me sentía más bien atormentado por saber que a pesar que esa mujer tenía en el rostro la mirada de la muerte para mi, ella era yo o mi madre, y mis intentos por entender la vida.

A estas alturas de mi vida creo que podría pensar que eso que viví quedó en el olvido pero ¿que hace un niño cuando una anciana pide caridad para poder alimentarse mientras el mundo observa sin devolverle un abrazo, un alimento, amor, unas palabras?
La mujer recibía monedas mientras yo recibía un eco en el tiempo de su intento desesperado por vivir.

Recuerdos de Guadalajara 
Victor Alcázar