Conocí hace tiempo a un artista que pintaba murales. Obras que creaba con colores terrosos, toda esa gama que hace sentir al espectador una sensación de estar admirando una caverna o un cuadro viejo. Y eso era en realidad lo que había captado mi atención:
Sus obras eran sacadas de mis pesadillas: una figura cíclopea con una inclinación extraña, la figura a medio centro de la obra y mostrando una intención natural, como si en ese momento hubiese habido un temblor y la cámara que lo enfocaba estuviera en otro ángulo.
De fondo ponía fuego o personajes indistinguibles, mayormente figuras pequeñas como si ese fuese el infierno y representación del mismo.
Después de esa obra tenía otras de colores más oscuros, como sacados de una cárcel de más de 200 años donde murieron los reos y generaciones de maldad se habían podrido en ese sitio que en realidad casi olía a humedad y a una madera podrida por el uso continuo.
La obra no era más que un abstracto pero asemejaba a un muro, supongo que inconscientemente me transmitía dolor y yo estaba en plena obsesión por descubrir mis traumas.
Tenía otras obras que hacía en papel muy texturizado, casi viejo, casi maltratado, casi arrebatado a algún gran artista que había terminado muerto y sus cosas habían sido tiradas a la basura por su casero.
Las líneas que dibujaba no eran bellas sino hechas con dificultad y remarcadas hasta ahí mismo como si hubiese aprendido a saber que era lo que buscaba al dibujar, la última línea era fuerte y rápida, transmitía un paso por la vida llena de penurias, tal vez dibujaba a un hombre sufriendo pero con cabeza monstruosa y rostro indistinguible, así que ese artista podría bie haber dibujado mi vida.
Tenía obras murales donde había muchos rojos, naranjas, grises y obscuros. ¿Estaría yo frente a un alma que captaba el sufrimiento en su estado bruto?
Ese artista era una antena, un canal del sufrimiento de un humano moderno y ese ser era un cavernícola que no entendía ni escuchaba mi sabia el porque existía.
Por primera vez estaba asistiendo a la capilla sixtina del fin del mundo contemporáneo: un confuso acertijo de calamidades humanas que se admira de lejos y transmite podredumbre.
Pintaba murales en las catedrales del mundo no importando lo famosas u olvidadas que eran: se lograba escuchar a las mujeres llorando desde afuera del recinto por la razón de observar semejantes obras que arrancaban el dolor del alma a los dolientes.
Los funerales eran tan obscuros como nunca antes hubo ya que no había luz en esos rituales esperanzadores, en cambio si reflejaba el olvido, el desprecio, el desperdicio y la ignorancia mostrando muros enormes y figuras gigantescas como la de una mujer roda cubierta de negros harapos y con una mano colosal cadaverica que tenía el tamaño de los asistentes.
Nunca antes había visto algo así el mundo, nunca antes expresar el dolor había aliviado y enviado a descarnarse a un alma que lo que requería era el olvido sin justificar ninguna esperanza.
Era un lugar tan honesto, es decir: ¿para que buscar la esperanza donde no la hay? ¿Acaso los dioses nos habían hecho para sufrir? No.
Nosotros yaciamos en este valle de obscuridad como los mejores perros de caza: un poco de fortaleza y unos buenos colmillos para desgarrar la carne eran suficiente para ser los juguetes, los guardianes de la entrada de un laberinto obscuro del que no se sale.
Me ponía a pensar que esas obras de arte me hacían ver mi realidad: yo era un perro de varias cabezas, tal vez de miles en la puerta de un gigante que estaba a punto de entrar y yo lo único que no podía era dormir.
Me desperté pensando que lo había soñado pero estoy aquí, buscando a ese artista todos los días, tal vez ese espejo que siempre acompaña a los seres humanos para que no sientan tanta soledad transmute y transmita hacia un nuevo canal en otra constelación un mensaje de empata hacia seres indescriptibles y sacados del éxito de la resurrección de un ser proveniente de un universo donde la carne es un alimento muy deseable y de satisfacción sexual para los que duermen desde hace miriadas.
El pintor de mis sueños
Victor Alcázar